Más allá de la conducta

Una mirada al comportamiento infantil desde el desarrollo emocional y la etapa evolutiva

Cuando un niño grita, se niega a seguir una instrucción, interrumpe constantemente, se enoja con facilidad o tiene una reacción que parece desproporcionada, es frecuente que los adultos centremos inmediatamente nuestra atención en aquello que vemos: la conducta.

“Está desobedeciendo”.

“Lo hace para llamar la atención”.

“Es muy desafiante”.

“Siempre quiere salirse con la suya”.

Sin embargo, observar solamente lo que un niño hace puede dejarnos con una parte incompleta de la historia.

La conducta ocurre dentro de un contexto y puede estar influida por múltiples factores: la etapa del desarrollo, el temperamento, el cansancio, las exigencias del entorno, las relaciones familiares y sociales, las habilidades de comunicación y la capacidad que el niño ha ido desarrollando para reconocer y regular sus emociones.

Y hay algo especialmente importante: no podemos esperar lo mismo de un niño de 4 años que de uno de 8 o de 11.

Por eso, frente a una conducta difícil, además de preguntarnos:

“¿Cómo hago para que deje de hacerlo?”

puede ser útil incorporar otra pregunta:

“¿Qué está ocurriendo aquí y qué recursos podemos esperar de este niño según su etapa de desarrollo?”

La edad importa

Cuando hablamos de conducta infantil, la etapa evolutiva es fundamental.

Aunque podamos observar comportamientos similares —enojo, impulsividad, frustración, dificultad para esperar o para seguir instrucciones—, los recursos cognitivos, emocionales y comunicativos disponibles cambian considerablemente durante la infancia.

En este artículo nos centraremos principalmente en niñas y niños entre los 3 y los 12 años, considerando tres momentos del desarrollo: etapa preescolar, primeros años escolares y etapa escolar tardía.

Entre los 3 y 5 años: la regulación todavía depende mucho del adulto

Durante la etapa preescolar, niñas y niños están comenzando a desarrollar habilidades que más adelante les permitirán esperar, inhibir impulsos, tolerar frustraciones, reconocer emociones y expresar con mayor claridad aquello que necesitan.

Por eso, en estas edades pueden aparecer respuestas intensas frente a límites, cambios inesperados, cansancio, espera o situaciones que generan frustración.

Un niño pequeño puede saber que está incómodo, molesto o asustado sin disponer todavía de las palabras necesarias para explicar exactamente qué le ocurre.

En esta etapa, la presencia del adulto cumple un papel especialmente importante.

Acompañar, anticipar situaciones, poner palabras a las emociones, establecer límites simples y ayudar al niño a recuperar la calma forman parte del aprendizaje de la regulación emocional.

Esto no significa evitar toda frustración ni permitir cualquier comportamiento.

Significa comprender que el niño todavía necesita del adulto para desarrollar habilidades que posteriormente podrá utilizar con mayor autonomía.

Entre los 6 y 9 años: aumentan las exigencias y también los recursos

Con el ingreso a la etapa escolar aparecen nuevas demandas.

Ahora se espera que el niño pueda permanecer durante más tiempo realizando una actividad, seguir instrucciones grupales, organizar materiales, esperar turnos, relacionarse con pares, enfrentar evaluaciones, resolver conflictos y adaptarse a diferentes normas según el contexto.

Al mismo tiempo, sus habilidades cognitivas, lingüísticas y emocionales continúan desarrollándose.

Por eso, una conducta que aparece en la sala de clases no necesariamente puede explicarse únicamente desde la voluntad de obedecer o desobedecer.

Un niño que evita una actividad puede no haber comprendido la instrucción.

Otro puede frustrarse porque siente que no podrá realizarla.

Algunos pueden presentar dificultades para sostener la atención, organizarse o tolerar un error.

Otros pueden estar viviendo situaciones emocionales o sociales que influyen en su comportamiento.

A estas edades podemos esperar progresivamente una mayor capacidad para hablar acerca de lo que ocurre. Sin embargo, el adulto todavía cumple una función relevante ayudando al niño a identificar emociones, comprender situaciones y encontrar alternativas de respuesta.

Entre los 10 y 12 años: mayor autonomía y nuevos desafíos

Hacia el final de la niñez aumentan las capacidades de reflexión y autonomía, pero también aparecen nuevas exigencias.

Las relaciones con los pares adquieren mayor importancia, se intensifican las comparaciones sociales, aumenta la conciencia sobre la propia imagen y las demandas académicas suelen ser mayores.

En esta etapa podemos encontrar niños que cuentan con un lenguaje emocional bastante desarrollado y que, sin embargo, tienen dificultades para comunicar determinadas experiencias.

La irritabilidad, el aislamiento, la oposición o cambios importantes en el comportamiento necesitan entonces ser comprendidos considerando el contexto escolar, familiar y social.

Esto no significa interpretar inmediatamente una modificación conductual como señal de un problema psicológico.

Significa observar.

¿Se trata de una reacción frente a una situación específica?

¿Está ocurriendo solamente en un contexto?

¿Se mantiene en el tiempo?

¿Está interfiriendo en sus relaciones, su aprendizaje o su bienestar?

La edad orienta nuestras expectativas, pero cada niño sigue teniendo su propio ritmo de desarrollo y su propia historia.

Los niños todavía están aprendiendo a regularse

La autorregulación no aparece de un día para otro.

Durante la infancia se desarrollan progresivamente distintas capacidades que permiten controlar impulsos, tolerar frustraciones, esperar, adaptarse a cambios, expresar necesidades y modular las respuestas emocionales.

Esto también implica revisar nuestras expectativas como adultos.

A veces esperamos que un niño maneje una situación emocional utilizando recursos que todavía se encuentran en proceso de desarrollo.

Comprenderlo no significa pensar:

“Entonces no puede hacerlo”.

Significa pensar:

“Esto todavía necesita ser aprendido”.

Las experiencias cotidianas y las interacciones con adultos significativos forman parte de ese proceso.

Por eso, acompañar la regulación emocional no consiste solamente en detener una conducta. También implica enseñar gradualmente otras maneras de responder.

Cuando todavía faltan palabras

Reconocer que estoy triste, frustrado, avergonzado, preocupado o enojado parece relativamente sencillo desde la mirada adulta.

Para un niño, no necesariamente lo es.

Identificar una emoción, distinguirla de otra, comprender qué la provocó y poder expresarla verbalmente requiere aprendizaje.

Investigaciones desarrolladas en Chile han estudiado la relación entre lenguaje emocional y desarrollo socioemocional durante la infancia, mostrando la importancia que adquiere disponer de palabras para expresar estados internos, deseos y necesidades.

Cuando un niño comienza a comprender aquello que le sucede y puede ponerlo en palabras, dispone de una alternativa adicional frente a la respuesta puramente conductual.

No es lo mismo experimentar una enorme frustración sin comprender qué ocurre que poder llegar a decir:

“Estoy enojado porque no me resulta”.

La emoción no desaparece.

Pero ahora existe una posibilidad de comunicarla y comenzar a regularla.

Una misma conducta puede tener distintas explicaciones

Pensemos en un estudiante que se levanta repetidamente de su asiento, conversa durante una actividad y parece no seguir las instrucciones.

Una interpretación inmediata podría ser:

“No quiere trabajar”.

Pero la misma conducta podría aparecer por razones distintas.

Tal vez la actividad le resulta demasiado difícil.

Quizás no comprendió la instrucción.

Puede encontrarse ansioso.

Puede tener dificultades atencionales.

Puede necesitar mayor movimiento.

Puede estar cansado.

O, efectivamente, puede estar intentando evitar una actividad que no quiere realizar.

El objetivo no es reemplazar automáticamente una explicación negativa por una explicación psicológica.

El objetivo es no asumir una causa solamente a partir de lo que observamos.

Lo mismo ocurre con un niño que reacciona intensamente cuando se equivoca.

Podríamos definirlo como alguien con “mal carácter”, pero también conviene explorar si le cuesta tolerar la frustración, si teme equivocarse o si se exige excesivamente.

La conducta puede entregarnos información.

Pero la conducta por sí sola no nos permite establecer qué la provoca.

Comprender no significa permitirlo todo

Intentar comprender una conducta no significa justificar agresiones, eliminar consecuencias ni renunciar a los límites.

Los niños necesitan afecto y comprensión, pero también requieren estructura, normas claras y adultos capaces de enseñar qué comportamientos son aceptables y cuáles no.

Es posible contener emocionalmente y establecer un límite al mismo tiempo.

Por ejemplo:

“Entiendo que estás muy enojado, pero no puedes pegar”.

En esa frase ocurren dos cosas.

La emoción es reconocida.

La conducta tiene un límite.

Esto permite enseñar una diferencia esencial:

todas las emociones pueden ser reconocidas, pero no todas las formas de expresarlas son adecuadas.

Antes de reaccionar, observar

Cuando determinadas conductas comienzan a repetirse, observar el contexto puede entregarnos información muy valiosa.

Podemos preguntarnos:

¿Cuándo ocurre con mayor frecuencia?

¿Qué sucede inmediatamente antes?

¿Aparece frente a determinadas tareas, personas o situaciones?

¿Qué sucede después de la conducta?

¿Está cansado, hambriento o sobreestimulado?

¿Ha ocurrido algún cambio importante en su vida?

¿Cuenta con recursos para expresar lo que siente o necesita?

¿La conducta aparece solamente en un lugar o también en otros contextos?

Y hay una pregunta que no deberíamos olvidar:

¿Lo que estoy esperando es acorde con su edad y nivel de desarrollo?

Observar estos patrones permite pasar de una reacción automática a una comprensión más amplia.

También evita un error frecuente: convertir una conducta en una característica permanente del niño.

Existe una diferencia importante entre decir:

“Eres desobediente”

y decir:

“Hoy te ha costado mucho seguir las instrucciones”.

La primera frase define al niño.

La segunda describe una dificultad que ocurrió y que puede ser trabajada.

La regulación también se aprende con otros

Durante la infancia, los adultos cumplen un papel relevante ayudando a niñas y niños a recuperar la calma frente a estados emocionales intensos.

A este proceso se le denomina frecuentemente co-regulación.

Especialmente durante los primeros años, el niño necesita que otra persona le ayude a organizar aquello que todavía no consigue manejar completamente por sí mismo.

La forma en que el adulto responde también influye en la situación.

Si frente a una desregulación el ambiente aumenta todavía más la intensidad mediante gritos, amenazas o una escalada del conflicto, recuperar la calma puede resultar más difícil.

En cambio, disminuir la intensidad, utilizar instrucciones claras, reconocer lo que está ocurriendo y mantener los límites puede facilitar el proceso.

Esto no significa exigir que madres, padres, profesores o cuidadores permanezcan siempre tranquilos.

Los adultos también se cansan, se frustran y pueden sentirse sobrepasados.

La regulación emocional es un desafío para todos.

¿Cuándo conviene prestar mayor atención?

Las dificultades para esperar, la irritabilidad, los conflictos, la oposición y la frustración pueden aparecer en distintos momentos del desarrollo.

Una conducta aislada no constituye por sí sola señal de un trastorno psicológico.

Conviene prestar mayor atención cuando las dificultades:

  • son muy intensas;
  • ocurren con mucha frecuencia;
  • persisten durante un periodo prolongado;
  • aparecen en diferentes contextos;
  • afectan significativamente las relaciones familiares o sociales;
  • interfieren con el aprendizaje;
  • o generan un nivel importante de malestar en el propio niño.

Investigaciones realizadas con niños en edad escolar han encontrado asociaciones entre dificultades de regulación emocional y distintos problemas emocionales y conductuales

Esto no significa que una conducta disruptiva permita concluir que existe necesariamente un problema psicológico.

Sí nos recuerda algo importante:

cuando una conducta persiste y comienza a interferir en la vida cotidiana, necesitamos mirar más allá de la conducta misma.

Mirar al niño completo

Detrás de un comportamiento existe un niño en desarrollo.

Un niño con una edad determinada, una historia, un temperamento, relaciones significativas, habilidades que ya ha desarrollado y otras que todavía está aprendiendo.

Por eso, quizás el objetivo no debería ser solamente conseguir que una conducta desaparezca.

También podemos preguntarnos:

¿Qué necesita aprender este niño para poder responder de otra manera?

Tal vez necesita reconocer mejor su enojo.

Tolerar un error.

Pedir ayuda.

Esperar.

Expresar que algo le incomoda.

Resolver un conflicto.

Detenerse antes de actuar.

O contar con un adulto que pueda comprender mejor qué está ocurriendo y acompañarlo mientras desarrolla esas capacidades.

Los límites siguen siendo necesarios.

Las consecuencias también pueden serlo.

Pero cuando junto con corregir una conducta somos capaces de observar, comprender y enseñar, dejamos de trabajar solamente sobre aquello que el niño hace y comenzamos a acompañar aquello que necesita desarrollar.

Porque mirar más allá de la conducta no significa dejar de poner límites.

Significa comprender que para interpretar adecuadamente un comportamiento necesitamos considerar al niño completo: su edad, su etapa de desarrollo, sus recursos y el contexto en el que esa conducta está ocurriendo.

Escrito por Zaida Ramírez M.
Psicóloga

Referencias

Vilca, D., & Farkas, C. (2019). Lenguaje y uso de etiquetas emocionales: su relación con el desarrollo socioemocional en niños de 30 meses que asisten a jardín infantil. Psykhe, 28(2), 1–14. https://doi.org/10.7764/psykhe.28.2.1114

Sineiro García, C., & Paz Míguez, M. J. (2007). Labilidad emocional/afectividad negativa y regulación emocional en hijos de madres ansiosas. Psicothema, 19(4), 627–633.

Espinoza, V., Rosas, R., Schmidt, B., & Saravia, J. (2022). Implementación de un programa de promoción del desarrollo de habilidades socioemocionales en la escuela. Estudios Pedagógicos, 48(3), 151–162. https://doi.org/10.4067/S0718-07052022000300151

Subsecretaría de Educación Parvularia. (s. f.). Acompañando el desarrollo emocional de niños y niñas en la Educación Parvularia. Ministerio de Educación, Gobierno de Chile.

UNICEF & OPS/OMS. (2020). Autorregulación emocional y alternativas para eliminar la violencia en la crianza. UNICEF, Oficina Regional para América Latina y el Caribe.

Comentarios

Una respuesta a “Más allá de la conducta”

  1. Avatar de Carmen Gloria Salinas Diaz
    Carmen Gloria Salinas Diaz

    Gracias, muy buen artículo, de mucha ayuda.

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