Autor: Zaida Ramírez Moreno

  • La naturaleza como refugio emocional

    La naturaleza como refugio emocional

    Hace poco conocí un concepto que hasta entonces no había escuchado: ecopsicología.

    El término era nuevo para mí, pero la experiencia que intenta describir, no.

    Desde hace mucho tiempo he sentido que ciertos espacios naturales producen cambios profundos en la forma en que nos sentimos, pensamos y habitamos el cuerpo. El mar, los árboles, el sonido del agua, el viento, los paisajes amplios o simplemente la posibilidad de detenerse en un entorno distinto al cotidiano pueden generar algo difícil de explicar, pero muy fácil de reconocer cuando ocurre.

    A veces basta con alejarse un poco de la ciudad para notarlo.

    Durante una salida, mientras dejábamos atrás la ciudad y nos adentrábamos en el campo, fueron apareciendo cerros verdes, árboles enormes, nubes, distintos tonos de vegetación y contrastes de luz.

    Era imposible no mirar.

    Frente a un paisaje así puede aparecer una mezcla particular de calma y asombro. Una sensación casi infantil de querer observarlo todo, detenerse en cada detalle e incluso acercarse físicamente a aquello que se está viendo.

    “Pero mira qué lindo”.

    Una frase sencilla que probablemente muchos hemos dicho alguna vez frente a un paisaje que nos sorprende.

    Y mientras cambia el entorno, muchas veces algo también comienza a cambiar internamente.

    La respiración puede hacerse más lenta.

    La atención deja de estar puesta exclusivamente en los pendientes.

    El cuerpo disminuye un poco su estado de alerta.

    Aparece mayor tranquilidad y, en ocasiones, también una actitud más reflexiva.

    Es ahí donde la idea de ecopsicología comenzó a resultarme especialmente interesante.

    No porque recién descubriera la importancia de la naturaleza, sino porque encontré un concepto que permite mirar con mayor conciencia una experiencia que muchas personas hemos tenido intuitivamente durante años: la sensación de que determinados entornos naturales pueden ayudarnos a regularnos emocionalmente y a reconectar con nosotros mismos.

    Volver a prestar atención

    Gran parte de nuestra vida cotidiana transcurre entre estímulos.

    Mensajes.

    Horarios.

    Responsabilidades.

    Pantallas.

    Conversaciones.

    Preocupaciones.

    Vamos pasando rápidamente de una actividad a otra y muchas veces nuestra atención permanece dirigida hacia afuera.

    En ese contexto, detenerse puede resultar incluso extraño.

    Sin embargo, cuando entramos en un espacio natural y comenzamos realmente a observarlo, la atención cambia.

    Aparecen cosas pequeñas que habitualmente pasan desapercibidas.

    El movimiento de una rama.

    La temperatura del aire.

    Un pájaro a lo lejos.

    El sonido de las hojas.

    La luz atravesando los árboles.

    La textura de aquello que pisamos.

    Y mientras la atención se posa sobre el entorno, puede comenzar también una observación más interna.

    No necesariamente porque estemos intentando reflexionar.

    A veces ocurre simplemente porque disminuye el ruido.

    Cuando alguien nos invita a mirar distinto

    Hace poco estuve en un bosque acompañada de una persona que varias veces me invitó simplemente a escuchar.

    No había una gran explicación detrás.

    Era algo tan sencillo como detenerse y prestar atención.

    Escuchar los pájaros.

    El viento entre las ramas.

    Las hojas.

    Esos sonidos pequeños que siempre están presentes, pero que muchas veces dejamos de percibir porque nuestra mente está ocupada en otras cosas.

    Durante ese recorrido también fui conociendo detalles que probablemente habría pasado por alto.

    Hongos.

    Árboles.

    ¡Y, finalmente, los famosos líquenes!

    ¿Quién iba a pensar que terminaría conociéndolos en medio de un bosque?

    Fue ahí donde me explicaron qué eran, cómo se formaban y la función que cumplen dentro del ecosistema.

    Los líquenes se forman a partir de una relación muy estrecha entre distintos organismos: una asociación simbiótica en la que existe cooperación y cada parte aporta algo a esa vida compartida.

    La imagen me pareció especialmente bonita.

    Porque también existen encuentros humanos que pueden funcionar de una manera parecida.

    No porque una persona venga a transformar completamente a otra, ni porque sea necesario compartir las mismas formas de ver el mundo.

    A veces basta con que alguien aporte una mirada distinta.

    Una observación.

    Una invitación a detenerse.

    Una forma nueva de prestar atención.

    Y la otra persona también aporta su manera de sentir, interpretar y habitar esa experiencia.

    Dos formas distintas de mirar un mismo paisaje pueden encontrarse durante un momento y enriquecerse mutuamente.

    Quizás ahí también exista una pequeña forma de cooperación.

    La naturaleza no resuelve, pero acompaña

    La naturaleza no elimina los problemas.

    No modifica nuestras responsabilidades ni hace desaparecer aquello que tendremos que enfrentar cuando volvamos a casa.

    Pero puede ofrecernos ciertas condiciones.

    Silencio.

    Espacio.

    Belleza.

    Ritmo.

    Pausa.

    Y nosotros también tenemos que aportar algo: nuestra atención.

    Porque podemos estar frente al paisaje más hermoso y no verlo realmente.

    Podemos caminar por un bosque pensando en el teléfono.

    Podemos tener el mar delante y seguir atrapados en lo que ocurrió ayer o preocupados por lo que tendremos que hacer mañana.

    Quizás la conexión comienza cuando dejamos de estar simplemente en un lugar y empezamos realmente a habitarlo.

    Cuando miramos.

    Cuando escuchamos.

    Cuando sentimos.

    Cuando estamos presentes.

    Naturaleza y regulación emocional

    Desde la psicología hablamos habitualmente de regulación emocional.

    De reconocer nuestras emociones, comprenderlas y desarrollar recursos que nos permitan recuperar cierto equilibrio cuando nos sentimos sobrepasados.

    Y quizás dentro de esos recursos existen algunos que hemos utilizado durante mucho tiempo sin ponerles necesariamente un nombre.

    Salir a caminar.

    Sentarse frente al mar.

    Cuidar plantas.

    Escuchar el agua.

    Buscar sombra bajo un árbol.

    Observar un paisaje.

    Respirar aire fresco.

    No siempre necesitamos convertir esas experiencias en una técnica terapéutica.

    Tampoco es necesario analizar cada sensación.

    Muchas veces lo valioso puede estar precisamente en permitir que la experiencia ocurra.

    Hay espacios donde nuestro cuerpo permanece constantemente alerta.

    Y existen otros donde parece recibir un mensaje distinto:

    Aquí puedes descansar.

    Para algunas personas ese lugar puede ser el mar.

    Para otras, un bosque.

    Una plaza.

    Una montaña.

    Un jardín.

    Una caminata por el campo.

    Incluso una planta que se cuida diariamente dentro de casa.

    La relación con la naturaleza puede tomar muchas formas.

    Ponerle nombre a algo que ya conocíamos

    Quizás eso fue lo que más me llamó la atención al conocer el concepto de ecopsicología.

    No sentí que estuviera descubriendo una experiencia completamente nueva.

    Más bien sentí que estaba encontrando una forma de nombrar algo que ya conocía.

    La posibilidad de que nuestro bienestar emocional también esté relacionado con los espacios que habitamos.

    Que regularnos no dependa únicamente de nuestros pensamientos o de lo que podemos expresar con palabras.

    También intervienen nuestros sentidos.

    Lo que miramos.

    Lo que escuchamos.

    La forma en que respiramos.

    La sensación del aire.

    El contacto con determinados lugares.

    Y tal vez, en una vida que constantemente nos empuja hacia afuera, volver a la naturaleza puede ofrecernos algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy valioso:

    La posibilidad de volver hacia adentro.

    De respirar un poco más lento.

    De disminuir el estado de alerta.

    De hacer menos ruido mental.

    De recuperar el asombro.

    Y de recordar que, a veces, reconectar con nosotros mismos también puede comenzar simplemente mirando un árbol, escuchando el agua o dejándonos sorprender por un paisaje.

  • “¿Qué quiso decir con eso?”: emociones, WhatsApp y todo lo que interpretamos entre un mensaje y otro

    “¿Qué quiso decir con eso?”: emociones, WhatsApp y todo lo que interpretamos entre un mensaje y otro

    Un mensaje puede contener apenas unas palabras y, aun así, quedarse dando vueltas en nuestra cabeza durante horas.

    “Buen día.”
    “Que descanses.”
    “Después hablamos.”

    Y comienza la interpretación.

    ¿Por qué respondió así? ¿Estará distante? ¿Le habrá molestado algo? ¿Por qué ayer conversamos durante horas y hoy apenas escribió? ¿Ese emoji significará algo? ¿Y por qué vio el mensaje y todavía no responde?

    WhatsApp, Instagram y otras plataformas digitales forman parte cotidiana de la manera en que hoy conocemos personas, mantenemos conversaciones y construimos vínculos. Y aunque nos permiten estar comunicados prácticamente en cualquier momento, también introducen una particularidad: recibimos mucha información del otro, pero al mismo tiempo nos falta una enorme cantidad de contexto.

    Cuando además existe interés afectivo, esa falta de información puede convertirse en terreno fértil para las interpretaciones.

    Cuando podemos pasar horas hablando con alguien

    Hay encuentros que comienzan de manera particularmente intensa.

    Dos personas empiezan a conversar y, casi sin darse cuenta, pasan horas escribiéndose. Después llegan los audios, las conversaciones nocturnas, las historias personales, los recuerdos familiares, las relaciones anteriores, los proyectos, los gustos o aquello que normalmente no contaríamos a cualquiera.

    En poco tiempo podemos sentir una cercanía sorprendente.

    Y esa sensación no tiene necesariamente nada de imaginaria.

    Una investigación experimental publicada en 2025 estudió precisamente qué ocurre cuando dos personas que no se conocen mantienen conversaciones íntimas, ya sea presencialmente o mediante mensajes de texto. Los resultados mostraron que las conversaciones caracterizadas por autorrevelación y reciprocidad favorecían la conexión interpersonal también cuando se producían mediante mensajería.

    Es decir, podemos sentirnos realmente conectados con alguien a través de una pantalla.

    Sin embargo, sentir mucha cercanía en poco tiempo no significa necesariamente conocer profundamente a esa persona.

    Podemos saber cómo fue su infancia, qué música escucha, cuál fue su relación anterior o qué cosas le preocupan. Pero conocer a alguien también requiere tiempo: observar la coherencia entre lo que dice y hace, cómo responde frente a los límites, cómo maneja las diferencias y cómo se comporta cuando la conversación deja de ser novedosa o entretenida.

    Una conversación intensa puede mostrarnos muchísimo de una persona. Pero sigue siendo solamente una parte de ella.

    Cuando la frecuencia también comienza a significar algo

    Después de varias conversaciones largas ocurre algo interesante: sin que nadie necesariamente lo haya acordado, comienza a establecerse un ritmo de comunicación.

    Tal vez era habitual recibir un mensaje al despertar.

    O conversar durante gran parte del día.

    O terminar cada noche hablando durante horas.

    Y entonces, un día, ese patrón cambia.

    La persona responde menos. Demora varias horas. El mensaje es más breve. No aparece el saludo habitual.

    Objetivamente puede haber ocurrido muy poco.

    Emocionalmente, en cambio, podemos sentir que ocurrió muchísimo.

    Un estudio publicado en 2024 sobre mensajería en relaciones románticas que estaban comenzando encontró que podían desarrollarse expectativas de una comunicación continua, rápida y transparente. Elementos aparentemente pequeños, como el tiempo de respuesta o las confirmaciones de lectura, terminaban formando parte de las expectativas dentro del vínculo.

    Por eso muchas veces no reaccionamos solamente al mensaje que recibimos.

    Lo comparamos con los anteriores.

    No pensamos simplemente:

    “Me respondió ‘buen día’.”

    Pensamos:

    “Ayer estuvimos hablando durante cinco horas y hoy solamente me puso ‘buen día’.”

    Y esa comparación cambia completamente nuestra experiencia emocional.

    WhatsApp nos muestra palabras, pero no siempre el contexto

    En una conversación cara a cara tenemos muchas otras fuentes de información.

    Escuchamos el tono de voz. Vemos la expresión facial. Percibimos las pausas, la mirada, la postura corporal y el contexto en que algo fue dicho.

    En un mensaje escrito, buena parte de esas señales desaparece.

    Entonces intentamos recuperarlas utilizando otros elementos.

    Un punto final.
    Un “jajaja”.
    Un corazón.
    Una respuesta de una palabra.
    Un audio de tres minutos.
    La ausencia del emoji que normalmente utilizaba.

    Los emojis, de hecho, pueden funcionar como verdaderas señales sociales y ayudarnos a interpretar mejor la intención emocional de un mensaje.

    Por eso probablemente no sentimos exactamente lo mismo cuando alguien escribe:

    “Descansa.”

    que cuando escribe:

    “Descansa 😊”

    o

    “Descansa ❤️”

    La información verbal cambia muy poco, pero nosotros podemos atribuirle un significado interpersonal diferente.

    El problema es que no interpretamos desde un lugar completamente neutral

    Cuando tratamos de descubrir cómo se siente alguien a través de sus mensajes, creemos estar observando exclusivamente al otro.

    Pero nuestra propia emoción también puede participar de esa lectura.

    Una investigación publicada en BMC Psychology en 2025 estudió la capacidad de integrantes de parejas para identificar el estado emocional de la otra persona mientras se comunicaban mediante mensajería. Los investigadores encontraron evidencia tanto de cierta precisión para seguir el estado emocional de la pareja como de un sesgo de similitud asumida: el propio estado afectivo podía influir en cómo se estimaba el del otro.

    Dicho de una manera más cotidiana:

    a veces creemos estar leyendo al otro, pero una parte de lo que estamos leyendo también viene de nosotros.

    Si estoy insegura respecto del vínculo, un mensaje breve puede parecerme distante.

    Si estoy muy entusiasmada, quizá interprete determinadas señales como evidencia de un interés mayor.

    Si estoy molesta, puedo leer frialdad.

    Si tengo miedo de que la persona se aleje, un par de horas sin respuesta pueden adquirir una importancia enorme.

    Eso no significa que nuestras percepciones sean falsas ni que debamos desconfiar de todo lo que sentimos.

    Significa algo bastante más simple: sentir algo frente a un mensaje y saber con certeza qué quiso decir la otra persona son dos cosas diferentes.

    Las redes sociales también forman parte del vínculo

    Lo digital ya no funciona solamente como una herramienta externa a nuestras relaciones.

    Las conversaciones, las historias de Instagram, las reacciones, los “me gusta”, la disponibilidad, las confirmaciones de lectura y los límites respecto de lo que hacemos o no hacemos en redes pueden terminar integrándose a la propia dinámica relacional.

    Investigaciones recientes publicadas en español han mostrado precisamente que las redes sociales pueden convertirse en escenarios donde aparecen dinámicas emocionales y relacionales relevantes.

    García Valcárcel y Moral-Jiménez (2024), por ejemplo, estudiaron en jóvenes españoles las relaciones entre dependencia emocional y comportamientos de cibercontrol y ciberagresión dentro de relaciones de pareja. El estudio no implica que preocuparse porque alguien no responda sea un indicador de dependencia; sí muestra que el espacio digital puede adquirir un peso psicológico importante dentro de los vínculos contemporáneos.

    Y las transformaciones no ocurren solamente dentro de relaciones establecidas.

    También han cambiado las maneras de comenzar, definir y terminar los vínculos.

    Una investigación etnográfica publicada en español en 2025 analiza precisamente la incertidumbre y la negociación entre independencia y conexión emocional dentro de nuevas formas de relación afectiva.

    Esto ayuda a entender por qué hoy una relación puede contener mucha conversación, intimidad e incluso afecto y, simultáneamente, mantener una enorme ambigüedad respecto de lo que significa.

    Hablar mucho no necesariamente responde la pregunta “¿qué somos?”

    Dos personas pueden hablar prácticamente todos los días.

    Pueden conocerse detalles personales.

    Pueden acompañarse, coquetear, compartir preocupaciones e incluso desarrollar una fuerte conexión emocional.

    Pero ninguna cantidad de mensajes sustituye necesariamente una conversación acerca de qué está esperando cada persona de ese vínculo.

    Podemos confundir fácilmente:

    intensidad con estabilidad,
    frecuencia con compromiso,
    intimidad con claridad.

    Y no son exactamente lo mismo.

    La conexión puede existir antes que la definición.

    Incluso puede existir sin que alguna vez llegue a haber una definición compartida.

    Por eso, cuando la comunicación cambia, también puede aparecer una sensación particularmente desconcertante: sentimos que algo importante está ocurriendo, pero quizá nunca tuvimos suficiente información para saber exactamente qué era aquello que estábamos construyendo.

    Lo que ocurrió versus lo que mi mente explicó

    Una herramienta sencilla puede ayudarnos cuando sentimos que un mensaje nos está generando demasiadas interpretaciones: separar el hecho de la explicación.

    Por ejemplo:

    Hecho: “Vio mi mensaje y respondió tres horas después.”
    Interpretación: “Perdió el interés.”

    Hecho: “Hoy escribió menos que ayer.”
    Interpretación: “Algo cambió entre nosotros.”

    Hecho: “Respondió ‘que descanses’.”
    Interpretación: “Me lo dijo para terminar rápidamente la conversación.”

    La interpretación puede resultar correcta.

    Pero todavía sigue siendo una interpretación.

    Antes de convertirla en certeza, puede servir preguntarnos:

    ¿Qué sé realmente?
    ¿Qué estoy suponiendo?
    ¿Esto ocurrió una vez o estoy observando un patrón?
    ¿Existen otras explicaciones posibles?

    No se trata de ignorar nuestra intuición.

    Se trata de darle también espacio a la evidencia.

    Quizás no necesitamos dejar de interpretar, sino interpretar con un poco más de cautela

    Las relaciones humanas siempre han necesitado interpretación.

    Antes esperábamos una llamada, una carta o una visita.

    Hoy podemos saber incluso que alguien estuvo conectado hace pocos minutos y todavía no respondió nuestro mensaje.

    Tenemos mucha más información que antes, pero eso no significa que necesariamente tengamos más certezas.

    Las redes sociales y la mensajería nos permiten crear vínculos, experimentar intimidad y sentir emociones genuinas. Al mismo tiempo, nos exponen constantemente a pequeñas señales cuya explicación desconocemos.

    Y cuando alguien nos importa, esas señales pueden sentirse enormes.

    Quizás el desafío no consista en dejar de preguntarnos “¿qué habrá querido decir?”, porque probablemente seguiremos haciéndolo.

    El desafío puede ser recordar que entre lo que la otra persona escribió y lo que nosotros entendimos existe un espacio.

    Y en ese espacio participan nuestras expectativas, nuestras experiencias anteriores, nuestros temores, nuestros deseos y también aquello que esperamos que ocurra.

    A veces un mensaje efectivamente dice mucho.

    Y otras veces somos nosotros quienes terminamos escribiendo mentalmente todo lo que el mensaje nunca dijo.

    Escrito por Zaida Ramírez M., Psicóloga

    Referencias

    García Valcárcel, M., & Moral-Jiménez, M. de la V. (2024). Dependencia emocional, ciberviolencia y control a través de las redes sociales en relaciones de pareja entre personas jóvenes. Actualidades en Psicología, 38(137), 90–105. DOI: 10.15517/ap.v38i137.53797.

    Fernández García, S., Sánchez Valle, F., & González Enríquez, I. (2025). «Emociones ghosting», una economía emocional entre la subjetividad individual y la relacionalidad. Revista de Antropología Social, 34(1), 45–56. DOI: 10.5209/raso.101937.

    Groggel, A. (2023). The Power of a 😉: Emojis Reducing Ambiguity in Digitally Mediated Romantic Encounters. Symbolic Interaction, 46(4), 440–472. DOI: 10.1002/symb.668.

    Guest, C., & Chang, P. F. (2024). What to expect when you are texting: An exploration of direct mobile messaging expectations among women in developing romantic relationships. The Journal of Social Media in Society, 13(2), 201–222.

    Leckfor, C. M., Wood, N. R., Slatcher, R. B., & Orehek, E. (2025). Not such fast friends? The effect of intimate conversation on social connection in text-based getting acquainted interactions. Journal of Social and Personal Relationships, 42(11), 3272–3294. DOI: 10.1177/02654075251367137.

    Steinebach, P., Stein, M., & Schnell, K. (2025). Messenger-based assessment of empathic accuracy in couples’ smartphone communication. BMC Psychology, 13, 147. DOI: 10.1186/s40359-025-02483-9.

  • Más allá de la conducta

    Más allá de la conducta

    Una mirada al comportamiento infantil desde el desarrollo emocional y la etapa evolutiva

    Cuando un niño grita, se niega a seguir una instrucción, interrumpe constantemente, se enoja con facilidad o tiene una reacción que parece desproporcionada, es frecuente que los adultos centremos inmediatamente nuestra atención en aquello que vemos: la conducta.

    “Está desobedeciendo”.

    “Lo hace para llamar la atención”.

    “Es muy desafiante”.

    “Siempre quiere salirse con la suya”.

    Sin embargo, observar solamente lo que un niño hace puede dejarnos con una parte incompleta de la historia.

    La conducta ocurre dentro de un contexto y puede estar influida por múltiples factores: la etapa del desarrollo, el temperamento, el cansancio, las exigencias del entorno, las relaciones familiares y sociales, las habilidades de comunicación y la capacidad que el niño ha ido desarrollando para reconocer y regular sus emociones.

    Y hay algo especialmente importante: no podemos esperar lo mismo de un niño de 4 años que de uno de 8 o de 11.

    Por eso, frente a una conducta difícil, además de preguntarnos:

    “¿Cómo hago para que deje de hacerlo?”

    puede ser útil incorporar otra pregunta:

    “¿Qué está ocurriendo aquí y qué recursos podemos esperar de este niño según su etapa de desarrollo?”

    La edad importa

    Cuando hablamos de conducta infantil, la etapa evolutiva es fundamental.

    Aunque podamos observar comportamientos similares —enojo, impulsividad, frustración, dificultad para esperar o para seguir instrucciones—, los recursos cognitivos, emocionales y comunicativos disponibles cambian considerablemente durante la infancia.

    En este artículo nos centraremos principalmente en niñas y niños entre los 3 y los 12 años, considerando tres momentos del desarrollo: etapa preescolar, primeros años escolares y etapa escolar tardía.

    Entre los 3 y 5 años: la regulación todavía depende mucho del adulto

    Durante la etapa preescolar, niñas y niños están comenzando a desarrollar habilidades que más adelante les permitirán esperar, inhibir impulsos, tolerar frustraciones, reconocer emociones y expresar con mayor claridad aquello que necesitan.

    Por eso, en estas edades pueden aparecer respuestas intensas frente a límites, cambios inesperados, cansancio, espera o situaciones que generan frustración.

    Un niño pequeño puede saber que está incómodo, molesto o asustado sin disponer todavía de las palabras necesarias para explicar exactamente qué le ocurre.

    En esta etapa, la presencia del adulto cumple un papel especialmente importante.

    Acompañar, anticipar situaciones, poner palabras a las emociones, establecer límites simples y ayudar al niño a recuperar la calma forman parte del aprendizaje de la regulación emocional.

    Esto no significa evitar toda frustración ni permitir cualquier comportamiento.

    Significa comprender que el niño todavía necesita del adulto para desarrollar habilidades que posteriormente podrá utilizar con mayor autonomía.

    Entre los 6 y 9 años: aumentan las exigencias y también los recursos

    Con el ingreso a la etapa escolar aparecen nuevas demandas.

    Ahora se espera que el niño pueda permanecer durante más tiempo realizando una actividad, seguir instrucciones grupales, organizar materiales, esperar turnos, relacionarse con pares, enfrentar evaluaciones, resolver conflictos y adaptarse a diferentes normas según el contexto.

    Al mismo tiempo, sus habilidades cognitivas, lingüísticas y emocionales continúan desarrollándose.

    Por eso, una conducta que aparece en la sala de clases no necesariamente puede explicarse únicamente desde la voluntad de obedecer o desobedecer.

    Un niño que evita una actividad puede no haber comprendido la instrucción.

    Otro puede frustrarse porque siente que no podrá realizarla.

    Algunos pueden presentar dificultades para sostener la atención, organizarse o tolerar un error.

    Otros pueden estar viviendo situaciones emocionales o sociales que influyen en su comportamiento.

    A estas edades podemos esperar progresivamente una mayor capacidad para hablar acerca de lo que ocurre. Sin embargo, el adulto todavía cumple una función relevante ayudando al niño a identificar emociones, comprender situaciones y encontrar alternativas de respuesta.

    Entre los 10 y 12 años: mayor autonomía y nuevos desafíos

    Hacia el final de la niñez aumentan las capacidades de reflexión y autonomía, pero también aparecen nuevas exigencias.

    Las relaciones con los pares adquieren mayor importancia, se intensifican las comparaciones sociales, aumenta la conciencia sobre la propia imagen y las demandas académicas suelen ser mayores.

    En esta etapa podemos encontrar niños que cuentan con un lenguaje emocional bastante desarrollado y que, sin embargo, tienen dificultades para comunicar determinadas experiencias.

    La irritabilidad, el aislamiento, la oposición o cambios importantes en el comportamiento necesitan entonces ser comprendidos considerando el contexto escolar, familiar y social.

    Esto no significa interpretar inmediatamente una modificación conductual como señal de un problema psicológico.

    Significa observar.

    ¿Se trata de una reacción frente a una situación específica?

    ¿Está ocurriendo solamente en un contexto?

    ¿Se mantiene en el tiempo?

    ¿Está interfiriendo en sus relaciones, su aprendizaje o su bienestar?

    La edad orienta nuestras expectativas, pero cada niño sigue teniendo su propio ritmo de desarrollo y su propia historia.

    Los niños todavía están aprendiendo a regularse

    La autorregulación no aparece de un día para otro.

    Durante la infancia se desarrollan progresivamente distintas capacidades que permiten controlar impulsos, tolerar frustraciones, esperar, adaptarse a cambios, expresar necesidades y modular las respuestas emocionales.

    Esto también implica revisar nuestras expectativas como adultos.

    A veces esperamos que un niño maneje una situación emocional utilizando recursos que todavía se encuentran en proceso de desarrollo.

    Comprenderlo no significa pensar:

    “Entonces no puede hacerlo”.

    Significa pensar:

    “Esto todavía necesita ser aprendido”.

    Las experiencias cotidianas y las interacciones con adultos significativos forman parte de ese proceso.

    Por eso, acompañar la regulación emocional no consiste solamente en detener una conducta. También implica enseñar gradualmente otras maneras de responder.

    Cuando todavía faltan palabras

    Reconocer que estoy triste, frustrado, avergonzado, preocupado o enojado parece relativamente sencillo desde la mirada adulta.

    Para un niño, no necesariamente lo es.

    Identificar una emoción, distinguirla de otra, comprender qué la provocó y poder expresarla verbalmente requiere aprendizaje.

    Investigaciones desarrolladas en Chile han estudiado la relación entre lenguaje emocional y desarrollo socioemocional durante la infancia, mostrando la importancia que adquiere disponer de palabras para expresar estados internos, deseos y necesidades.

    Cuando un niño comienza a comprender aquello que le sucede y puede ponerlo en palabras, dispone de una alternativa adicional frente a la respuesta puramente conductual.

    No es lo mismo experimentar una enorme frustración sin comprender qué ocurre que poder llegar a decir:

    “Estoy enojado porque no me resulta”.

    La emoción no desaparece.

    Pero ahora existe una posibilidad de comunicarla y comenzar a regularla.

    Una misma conducta puede tener distintas explicaciones

    Pensemos en un estudiante que se levanta repetidamente de su asiento, conversa durante una actividad y parece no seguir las instrucciones.

    Una interpretación inmediata podría ser:

    “No quiere trabajar”.

    Pero la misma conducta podría aparecer por razones distintas.

    Tal vez la actividad le resulta demasiado difícil.

    Quizás no comprendió la instrucción.

    Puede encontrarse ansioso.

    Puede tener dificultades atencionales.

    Puede necesitar mayor movimiento.

    Puede estar cansado.

    O, efectivamente, puede estar intentando evitar una actividad que no quiere realizar.

    El objetivo no es reemplazar automáticamente una explicación negativa por una explicación psicológica.

    El objetivo es no asumir una causa solamente a partir de lo que observamos.

    Lo mismo ocurre con un niño que reacciona intensamente cuando se equivoca.

    Podríamos definirlo como alguien con “mal carácter”, pero también conviene explorar si le cuesta tolerar la frustración, si teme equivocarse o si se exige excesivamente.

    La conducta puede entregarnos información.

    Pero la conducta por sí sola no nos permite establecer qué la provoca.

    Comprender no significa permitirlo todo

    Intentar comprender una conducta no significa justificar agresiones, eliminar consecuencias ni renunciar a los límites.

    Los niños necesitan afecto y comprensión, pero también requieren estructura, normas claras y adultos capaces de enseñar qué comportamientos son aceptables y cuáles no.

    Es posible contener emocionalmente y establecer un límite al mismo tiempo.

    Por ejemplo:

    “Entiendo que estás muy enojado, pero no puedes pegar”.

    En esa frase ocurren dos cosas.

    La emoción es reconocida.

    La conducta tiene un límite.

    Esto permite enseñar una diferencia esencial:

    todas las emociones pueden ser reconocidas, pero no todas las formas de expresarlas son adecuadas.

    Antes de reaccionar, observar

    Cuando determinadas conductas comienzan a repetirse, observar el contexto puede entregarnos información muy valiosa.

    Podemos preguntarnos:

    ¿Cuándo ocurre con mayor frecuencia?

    ¿Qué sucede inmediatamente antes?

    ¿Aparece frente a determinadas tareas, personas o situaciones?

    ¿Qué sucede después de la conducta?

    ¿Está cansado, hambriento o sobreestimulado?

    ¿Ha ocurrido algún cambio importante en su vida?

    ¿Cuenta con recursos para expresar lo que siente o necesita?

    ¿La conducta aparece solamente en un lugar o también en otros contextos?

    Y hay una pregunta que no deberíamos olvidar:

    ¿Lo que estoy esperando es acorde con su edad y nivel de desarrollo?

    Observar estos patrones permite pasar de una reacción automática a una comprensión más amplia.

    También evita un error frecuente: convertir una conducta en una característica permanente del niño.

    Existe una diferencia importante entre decir:

    “Eres desobediente”

    y decir:

    “Hoy te ha costado mucho seguir las instrucciones”.

    La primera frase define al niño.

    La segunda describe una dificultad que ocurrió y que puede ser trabajada.

    La regulación también se aprende con otros

    Durante la infancia, los adultos cumplen un papel relevante ayudando a niñas y niños a recuperar la calma frente a estados emocionales intensos.

    A este proceso se le denomina frecuentemente co-regulación.

    Especialmente durante los primeros años, el niño necesita que otra persona le ayude a organizar aquello que todavía no consigue manejar completamente por sí mismo.

    La forma en que el adulto responde también influye en la situación.

    Si frente a una desregulación el ambiente aumenta todavía más la intensidad mediante gritos, amenazas o una escalada del conflicto, recuperar la calma puede resultar más difícil.

    En cambio, disminuir la intensidad, utilizar instrucciones claras, reconocer lo que está ocurriendo y mantener los límites puede facilitar el proceso.

    Esto no significa exigir que madres, padres, profesores o cuidadores permanezcan siempre tranquilos.

    Los adultos también se cansan, se frustran y pueden sentirse sobrepasados.

    La regulación emocional es un desafío para todos.

    ¿Cuándo conviene prestar mayor atención?

    Las dificultades para esperar, la irritabilidad, los conflictos, la oposición y la frustración pueden aparecer en distintos momentos del desarrollo.

    Una conducta aislada no constituye por sí sola señal de un trastorno psicológico.

    Conviene prestar mayor atención cuando las dificultades:

    • son muy intensas;
    • ocurren con mucha frecuencia;
    • persisten durante un periodo prolongado;
    • aparecen en diferentes contextos;
    • afectan significativamente las relaciones familiares o sociales;
    • interfieren con el aprendizaje;
    • o generan un nivel importante de malestar en el propio niño.

    Investigaciones realizadas con niños en edad escolar han encontrado asociaciones entre dificultades de regulación emocional y distintos problemas emocionales y conductuales

    Esto no significa que una conducta disruptiva permita concluir que existe necesariamente un problema psicológico.

    Sí nos recuerda algo importante:

    cuando una conducta persiste y comienza a interferir en la vida cotidiana, necesitamos mirar más allá de la conducta misma.

    Mirar al niño completo

    Detrás de un comportamiento existe un niño en desarrollo.

    Un niño con una edad determinada, una historia, un temperamento, relaciones significativas, habilidades que ya ha desarrollado y otras que todavía está aprendiendo.

    Por eso, quizás el objetivo no debería ser solamente conseguir que una conducta desaparezca.

    También podemos preguntarnos:

    ¿Qué necesita aprender este niño para poder responder de otra manera?

    Tal vez necesita reconocer mejor su enojo.

    Tolerar un error.

    Pedir ayuda.

    Esperar.

    Expresar que algo le incomoda.

    Resolver un conflicto.

    Detenerse antes de actuar.

    O contar con un adulto que pueda comprender mejor qué está ocurriendo y acompañarlo mientras desarrolla esas capacidades.

    Los límites siguen siendo necesarios.

    Las consecuencias también pueden serlo.

    Pero cuando junto con corregir una conducta somos capaces de observar, comprender y enseñar, dejamos de trabajar solamente sobre aquello que el niño hace y comenzamos a acompañar aquello que necesita desarrollar.

    Porque mirar más allá de la conducta no significa dejar de poner límites.

    Significa comprender que para interpretar adecuadamente un comportamiento necesitamos considerar al niño completo: su edad, su etapa de desarrollo, sus recursos y el contexto en el que esa conducta está ocurriendo.

    Escrito por Zaida Ramírez M.
    Psicóloga

    Referencias

    Vilca, D., & Farkas, C. (2019). Lenguaje y uso de etiquetas emocionales: su relación con el desarrollo socioemocional en niños de 30 meses que asisten a jardín infantil. Psykhe, 28(2), 1–14. https://doi.org/10.7764/psykhe.28.2.1114

    Sineiro García, C., & Paz Míguez, M. J. (2007). Labilidad emocional/afectividad negativa y regulación emocional en hijos de madres ansiosas. Psicothema, 19(4), 627–633.

    Espinoza, V., Rosas, R., Schmidt, B., & Saravia, J. (2022). Implementación de un programa de promoción del desarrollo de habilidades socioemocionales en la escuela. Estudios Pedagógicos, 48(3), 151–162. https://doi.org/10.4067/S0718-07052022000300151

    Subsecretaría de Educación Parvularia. (s. f.). Acompañando el desarrollo emocional de niños y niñas en la Educación Parvularia. Ministerio de Educación, Gobierno de Chile.

    UNICEF & OPS/OMS. (2020). Autorregulación emocional y alternativas para eliminar la violencia en la crianza. UNICEF, Oficina Regional para América Latina y el Caribe.

  • Cerebro scroll: qué ocurre en nuestro cerebro cuando vivimos entre estímulos rápidos

    Cerebro scroll: qué ocurre en nuestro cerebro cuando vivimos entre estímulos rápidos

    Un niño pequeño se inquieta y recibe un teléfono.
    Un escolar se aburre y abre YouTube.
    Un adolescente publica una fotografía y vuelve varias veces a mirar quién le dio like.
    Un adulto toma el celular para contestar un mensaje y, veinte minutos después, sigue mirando videos sin recordar muy bien para qué lo había tomado.

    Son cerebros en momentos completamente diferentes de la vida. Sin embargo, todos están interactuando con algo relativamente nuevo para nuestra historia: un flujo prácticamente infinito de estímulos breves, novedosos, personalizados y disponibles en cualquier momento.

    ¿Qué aprende nuestro cerebro cuando se acostumbra a vivir haciendo scroll?

    ¿Qué es el “cerebro scroll”?

    “Cerebro scroll” no es un diagnóstico médico ni psicológico. Tampoco significa que TikTok, Instagram o YouTube estén literalmente “quemando” el cerebro.

    Es una expresión divulgativa que podemos utilizar para describir cómo nuestro cerebro puede adaptarse a un entorno digital caracterizado por estímulos breves y cambiantes, recompensas sociales, contenido personalizado, novedad constante y una ausencia casi completa de puntos naturales para detenerse.

    Desde la neurociencia, este fenómeno resulta especialmente interesante porque involucra procesos como atención, memoria de trabajo, control inhibitorio, aprendizaje, recompensa, motivación y formación de hábitos.

    Una revisión sistemática publicada en 2026 en European Child & Adolescent Psychiatry analizó 42 estudios con 46.912 jóvenes y puso especial atención en tres características de los videos breves: la rapidez del contenido, la personalización algorítmica y el scroll infinito. Un mayor uso, especialmente cuando era intenso y poco estructurado, apareció asociado con más dificultades atencionales e impulsividad y con un menor desempeño en memoria de trabajo y autorregulación.

    Pero atención: asociación no significa necesariamente causa. La mayoría de los estudios incluidos eran transversales, por lo que todavía no podemos afirmar que hacer scroll sea, por sí solo, la causa de esas dificultades.

    Entonces, ¿qué les pasa a nuestras neuronas?

    Aquí conviene derribar uno de los primeros mitos:

    el scroll no “mata neuronas”.

    Nuestro cerebro hace algo mucho más interesante: aprende.

    La neuroplasticidad permite que las redes neuronales se modifiquen en función de nuestras experiencias. Las conexiones se reorganizan, determinados circuitos se hacen más eficientes y aquello que practicamos repetidamente puede ir volviéndose progresivamente más automático.

    Por eso quizá estamos haciendo la pregunta equivocada cuando decimos:

    “¿El celular daña el cerebro?”

    Una pregunta más útil sería:

    “¿Qué tipo de funcionamiento cerebral estamos practicando durante horas cada día?”

    Si practicamos lectura, necesitamos sostener una idea durante un período relativamente largo.

    Si conversamos con alguien, tenemos que escuchar, interpretar, esperar nuestro turno y recordar lo que esa persona acaba de decir.

    Si construimos algo, debemos mantener un objetivo aunque no obtengamos una recompensa inmediata.

    En cambio, el scroll funciona de otra manera.

    Algo no me interesa. Deslizo. Aparece algo nuevo. No me gusta. Deslizo. Algo me hace reír. Deslizo. Una noticia. Deslizo. Una discusión. Deslizo.

    El cerebro pasa una y otra vez de un estímulo a otro.

    No significa que esté perdiendo para siempre su capacidad de concentración. Significa que, durante ese período, está practicando muchísimo una habilidad concreta:

    detectar, seleccionar y cambiar rápidamente hacia el siguiente estímulo.

    El cerebro de un niño pequeño: antes de la pantalla está el vínculo

    En un niño de dos, tres o cuatro años, la conversación sobre el “cerebro scroll” cambia completamente.

    A esa edad todavía se están construyendo capacidades fundamentales de lenguaje, comunicación, regulación emocional y funcionamiento ejecutivo.

    Imaginemos una escena sencilla.

    Un niño ve un perro y lo señala.

    Mira a su mamá.

    La mamá mira al perro.

    —Sí, es un perro. Mira cómo mueve la cola.

    El niño vuelve a señalarlo.

    La madre responde nuevamente.

    Parece algo cotidiano, pero para el cerebro infantil es una experiencia extraordinariamente rica.

    Hay mirada compartida, lenguaje, atención conjunta, reconocimiento de gestos, turnos conversacionales y una respuesta que ocurre precisamente en función de lo que el niño acaba de hacer.

    Una pantalla puede enseñarle muchas cosas a un niño. Pero una pantalla pasiva no sustituye automáticamente esa reciprocidad humana.

    Un metaanálisis publicado en 2024 en JAMA Pediatrics reunió 100 estudios y 176.742 niños menores de seis años. Los autores encontraron que no basta con medir “cuánto tiempo de pantalla” tiene un niño: también importan el contenido, el contexto y la forma en que se utiliza.

    Por ejemplo, una mayor exposición a televisión de fondo y ciertos patrones de visualización se asociaron con resultados cognitivos menos favorables. En cambio, el uso compartido de pantallas con un adulto se relacionó con mejores resultados cognitivos.

    Esto refuerza una idea importante:

    no es lo mismo dejar a un niño solo frente a una pantalla que acompañarlo, conversar sobre lo que ve y transformar esa experiencia en interacción.

    Pero hay algo todavía más importante: lo que la pantalla desplaza

    Un niño pequeño no tiene infinitas horas disponibles para desarrollarse.

    Una hora frente a una pantalla es también una hora en la que podría estar ocurriendo otra experiencia:

    juego, movimiento, exploración, conversación, aburrimiento, interacción con otros niños o contacto con un adulto.

    Por eso una de las preguntas más interesantes no es solamente qué produce la pantalla, sino también qué deja de ocurrir mientras la pantalla está presente.

    Y esto incluye también nuestras propias pantallas como adultos.

    En 2025, un metaanálisis publicado en JAMA Pediatrics analizó 21 estudios con cerca de 14.900 niños menores de cinco años sobre un fenómeno conocido como technoference: las interrupciones de la interacción entre padres e hijos producidas por dispositivos tecnológicos.

    El mayor uso de tecnología por parte de los padres en presencia de sus hijos se relacionó con resultados menos favorables en áreas como cognición, conducta prosocial y vínculo, además de mayores dificultades emocionales y conductuales.

    Y aquí aparece una idea importante:

    la preocupación no debería centrarse solamente en cuánto mira el niño una pantalla. También importa cuánto miramos nosotros la nuestra mientras él intenta relacionarse con nosotros.

    ¿Qué ocurre cuando eliminamos inmediatamente el aburrimiento?

    “Mamá, estoy aburrido.”

    Y antes de que el aburrimiento alcance siquiera treinta segundos:

    una pantalla.

    Esto puede parecer una solución rápida y muchas veces lo es. El problema aparece cuando se transforma en la respuesta automática frente a cualquier momento de espera, incomodidad o falta de estímulo.

    Porque el aburrimiento también crea un espacio.

    El niño comienza a mirar alrededor.

    Busca algo.

    Pregunta.

    Inventa.

    Manipula objetos.

    Se mueve.

    Busca a otra persona.

    Tolera durante unos minutos que no esté ocurriendo nada especialmente entretenido.

    La autorregulación no aparece de un día para otro. Se desarrolla progresivamente mediante miles de experiencias pequeñas en las que el niño aprende a esperar, buscar alternativas, manejar la frustración y generar sus propios estímulos.

    Por eso quizá uno de los aprendizajes importantes de la infancia sea descubrir algo que las plataformas digitales intentan evitar constantemente:

    no necesitamos estar estimulados todo el tiempo.

    Adolescencia: cuando el cerebro social entra en escena

    Durante la adolescencia ocurre una transformación importante.

    La pubertad se acompaña de una intensa reorganización cerebral que incluye procesos de poda sináptica, mielinización y refinamiento de redes neuronales. Al mismo tiempo, aumenta la sensibilidad hacia las experiencias sociales y la opinión de los pares adquiere una relevancia enorme para el aprendizaje y la construcción de identidad.

    Y entonces aparece algo que ninguna generación adolescente anterior había tenido de esta manera:

    la posibilidad de cuantificar la aprobación social.

    248 likes.

    1.900 visualizaciones.

    37 comentarios.

    Una amiga obtuvo 700 likes.

    La persona que esperábamos que reaccionara no lo hizo.

    La aceptación social dejó de ser solamente una sensación.

    También puede convertirse en un número.

    ¿Un like realmente libera dopamina?

    Esta es una de las preguntas que más se repite cuando hablamos de redes sociales.

    Y también una de las que más se simplifica.

    La dopamina no es simplemente “la hormona del placer”. Es un neurotransmisor que participa en procesos como motivación, aprendizaje, anticipación y procesamiento de recompensas.

    Y la aprobación social puede funcionar como una recompensa.

    Una revisión sistemática publicada en 2025 analizó estudios sobre lo que ocurre en el cerebro ante el feedback social expresado mediante likes. Los investigadores encontraron participación repetida de regiones como el núcleo accumbens, el estriado ventral, la corteza prefrontal ventromedial y la amígdala, todas relacionadas con recompensa, valoración y procesamiento socioemocional.

    Entonces, ¿podemos decir que “un like produce una descarga de dopamina”?

    No exactamente.

    Los estudios de resonancia magnética funcional y EEG muestran cambios en la actividad cerebral, pero no miden directamente cuánta dopamina se libera por cada like.

    Lo que sí podemos decir es que la aprobación social online activa circuitos de recompensa en los que la señalización dopaminérgica cumple un papel importante.

    Y quizá hay algo todavía más interesante que recibir el like:

    esperarlo.

    Publicamos algo.

    Guardamos el teléfono.

    Lo revisamos nuevamente.

    Hay una notificación.

    ¿Quién será?

    Esa incertidumbre puede favorecer que volvamos a ejecutar la conducta una y otra vez.

    El cerebro adulto tampoco es inmune

    Podríamos pensar:

    “Eso ocurre porque el cerebro de los niños y adolescentes todavía está desarrollándose. En un adulto es diferente.”

    Lo es.

    Pero diferente no significa inmune.

    La plasticidad cerebral continúa durante la vida adulta y nuestro cerebro sigue aprendiendo asociaciones, reforzando hábitos y automatizando comportamientos.

    Por eso puede ocurrir esta escena:

    Tomas el teléfono para contestar WhatsApp.

    Ves una notificación.

    Entras a Instagram.

    Miras un video.

    Después otro.

    Luego revisas un comentario.

    Veinte minutos más tarde cierras la aplicación y piensas:

    “¿Qué venía a hacer?”

    Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Psychological Bulletin en 2025 reunió 71 estudios y 98.299 participantes, incluyendo jóvenes y adultos.

    Un mayor uso de videos breves estuvo asociado con un peor rendimiento cognitivo general. Las asociaciones más marcadas aparecieron precisamente en control inhibitorio y atención.

    Esto no significa que mirar reels provoque inevitablemente problemas de concentración.

    Significa que, cuando observamos grandes grupos de personas, un consumo más elevado de este tipo de contenido aparece relacionado de manera consistente con estas funciones cognitivas.

    ¿Y qué ocurre con la memoria?

    Aquí tenemos un estudio especialmente interesante porque los investigadores no se limitaron a preguntar cuánto usaban el teléfono los participantes.

    Hicieron un experimento.

    En un trabajo publicado en 2026 en npj Science of Learning, 57 participantes observaron contenido presentado de dos maneras: como un video continuo o fragmentado en varios videos breves, manteniendo comparable la duración del material.

    Después evaluaron su memoria mediante resonancia magnética funcional.

    Quienes habían aprendido mediante los videos fragmentados mostraron menor precisión de memoria que quienes vieron el contenido continuo. También aparecieron diferencias en la actividad y conectividad de regiones cerebrales vinculadas con memoria, integración de información y control cognitivo.

    Esto ayuda a comprender una experiencia bastante cotidiana:

    podemos pasar cuarenta minutos viendo información y, cuando cerramos la aplicación, recordar sorprendentemente poco.

    Porque:

    ver mucha información no necesariamente significa procesar mucha información.

    ¿Estamos perdiendo la interacción social?

    Aquí conviene evitar otro extremo.

    La interacción digital también es interacción social.

    Una videollamada puede mantener unido un vínculo.

    Un mensaje puede contener cariño.

    Una comunidad online puede entregar apoyo.

    Un adolescente puede encontrar personas con intereses similares que quizá no encuentra en su entorno cercano.

    El problema aparece cuando la interacción digital no complementa, sino que empieza a reemplazar experiencias sociales presenciales importantes.

    Una conversación cara a cara exige que nuestro cerebro procese al mismo tiempo:

    la mirada, el tono de voz, los silencios, las expresiones faciales, los gestos, la postura corporal y los turnos de conversación.

    En niños pequeños, una revisión sistemática publicada en 2025 sobre dispositivos táctiles encontró que sus efectos sobre la comunicación y el desarrollo social no son uniformes: dependen mucho del contenido, del contexto y de la mediación de los adultos.

    Por eso quizá la pregunta no sea:

    “¿Las redes sociales están destruyendo nuestras relaciones?”

    Sino:

    “¿La interacción digital está complementando nuestros vínculos o está empezando a reemplazarlos?”

    Un corazón no siempre equivale a una conversación

    Un ❤️ puede decir:

    “te vi”.

    Una conversación puede decir:

    “te escuché”.

    Ambas formas de interacción pueden tener valor, pero no son idénticas.

    Podemos intercambiar cien mensajes durante un día y, al mismo tiempo, estar mirando el teléfono durante una comida con alguien que tenemos frente a nosotros.

    Podemos sentirnos permanentemente conectados y, sin embargo, tener cada vez menos espacios de conversación profunda.

    La comunicación digital no es falsa ni superficial por definición. El punto está en observar qué lugar está ocupando dentro de nuestros vínculos y si sigue existiendo espacio para la presencia, la escucha y la interacción cara a cara.

    ¿Nos estamos acostumbrando a no esperar?

    Hay una escena que atraviesa prácticamente todas las edades.

    Ascensor.

    Teléfono.

    Fila del supermercado.

    Teléfono.

    Esperar al médico.

    Teléfono.

    Una pausa en una conversación.

    Teléfono.

    Muchas veces ni siquiera existe una decisión consciente.

    La mano simplemente va hacia él.

    Ahí estamos frente a algo que el cerebro hace extraordinariamente bien:

    convertir conductas repetidas en hábitos.

    Poco a poco podemos aprender asociaciones como:

    aburrimiento → teléfono
    espera → teléfono
    incomodidad → teléfono
    silencio → teléfono

    Y cuando esa secuencia se automatiza, dejamos de preguntarnos si realmente queríamos mirar el celular o si simplemente respondimos a una señal que nuestro cerebro ya aprendió.

    Entonces, ¿el scroll está cambiando nuestro cerebro?

    La respuesta más responsable desde la ciencia es:

    probablemente nuestro cerebro se adapta a nuestros hábitos digitales, como se adapta a muchas experiencias repetidas; pero todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que el scroll esté produciendo un daño cerebral estructural generalizado.

    La revisión sistemática publicada en 2026 sobre videos breves encontró estudios de neuroimagen que han observado diferencias en algunas medidas cerebrales asociadas a un uso más intenso. Sin embargo, los propios investigadores advierten que gran parte de la evidencia disponible todavía es correlacional.

    Esto es importante, porque encontrar una asociación no significa demostrar que una cosa causó la otra.

    Por eso afirmaciones como:

    “TikTok está atrofiando el cerebro”

    o

    “el scroll destruye nuestros receptores de dopamina”

    van mucho más lejos de lo que actualmente permite concluir la investigación científica.

    La evidencia disponible muestra algo más complejo —y también más interesante—: nuestro cerebro responde, aprende y se adapta al tipo de experiencias que repetimos.

    Quizá el problema no sea solamente la pantalla

    Puede ser también todo aquello que deja de ocurrir mientras la miramos.

    En un niño pequeño puede ser una conversación, el juego libre, la exploración o aprender a atravesar unos minutos de aburrimiento.

    En un escolar puede ser jugar, leer o mantener la atención en una actividad que requiere esfuerzo.

    En un adolescente puede ser dormir, estudiar sin interrupciones, encontrarse presencialmente con otros o construir una identidad menos dependiente de métricas sociales.

    En un adulto puede ser una conversación, una lectura larga, el descanso, la concentración profunda o simplemente unos minutos de silencio.

    Y entonces la pregunta cambia.

    Ya no es solamente:

    “¿Cuántas horas de pantalla tenemos?”

    Sino:

    “¿Qué experiencias importantes están siendo desplazadas durante esas horas?”

    El cerebro scroll no es un cerebro roto

    No son neuronas muriendo.

    No es un cerebro “frito”.

    No es simplemente demasiada dopamina.

    Es algo bastante más complejo:

    un cerebro plástico interactuando repetidamente con un entorno diseñado alrededor de la novedad, la velocidad, la recompensa, la personalización y la posibilidad de cambiar de estímulo inmediatamente.

    Ese encuentro no significa lo mismo a los tres años que a los quince o a los cuarenta.

    En la infancia ocurre mientras se desarrollan el lenguaje, la autorregulación y la interacción social.

    En la adolescencia ocurre durante una etapa de intensa reorganización cerebral y especial sensibilidad al mundo social.

    En la adultez ocurre en un cerebro maduro que, sin embargo, sigue aprendiendo hábitos, asociando estímulos con recompensas y modificando la manera en que distribuye su atención.

    Por eso quizá la pregunta más importante no sea si la tecnología está cambiando nuestro cerebro.

    Todo lo que aprendemos y repetimos deja alguna huella en él.

    La pregunta que verdaderamente vale la pena hacernos es otra:

    ¿Qué tipo de atención, de vínculo y de relación con el mundo estamos practicando cada vez que deslizamos el dedo hacia el siguiente estímulo?

    Referencias científicas

    Ebster, M., Lauerer, M., Nagel, E., & Schmidt, S. (2026). Taming the endless scroll? Short-form videos, digital routines and neurocognitive outcomes in youth: a systematic literature review. European Child & Adolescent Psychiatry. Nguyen, L., Walters, J., Paul, S., et al. (2025). Feeds, feelings, and focus: A systematic review and meta-analysis examining the cognitive and mental health correlates of short-form video use. Psychological Bulletin, 151(9), 1125–1146. Wei, M., Liu, J., Wang, H., Li, Q., et al. (2026). Fragmented learning from short videos modulates neural activity and connectivity during memory retrieval. npj Science of Learning, 11, 15. Dores, A. R., Peixoto, M., Fernandes, C., Marques, A., & Barbosa, F. (2025). The Effects of Social Feedback Through the “Like” Feature on Brain Activity: A Systematic Review. Healthcare, 13(1), 89. Mallawaarachchi, S., Burley, J., Mavilidi, M., et al. (2024). Early Childhood Screen Use Contexts and Cognitive and Psychosocial Outcomes: A Systematic Review and Meta-analysis. JAMA Pediatrics, 178(10), 1017–1026. Toledo-Vargas, M., Chong, K. H., Maddren, C. I., Howard, S. J., Wakefield, B., & Okely, A. D. (2025). Parental Technology Use in a Child’s Presence and Health and Development in the Early Years: A Systematic Review and Meta-Analysis. JAMA Pediatrics, 179(7), 730–737. Misirli, A., Fotakopoulou, O., Dardanou, M., & Komis, V. (2025). The impact of touchscreen digital exposure on children’s social development and communication: a systematic review. Frontiers in Psychology, 16, 1613625. Baker, A. E., Galván, A., & Fuligni, A. J. (2025). The connecting brain in context: How adolescent plasticity supports learning and development. Developmental Cognitive Neuroscience, 71, 101486.

  • Regulación emocional: qué es y por qué es tan importante para nuestro bienestar

    Regulación emocional: qué es y por qué es tan importante para nuestro bienestar

    Sentir tristeza, rabia, miedo, frustración o ansiedad forma parte de nuestra experiencia cotidiana. Las emociones cumplen una función: nos entregan información sobre lo que estamos viviendo, nuestras necesidades, nuestros vínculos y aquello que consideramos importante.

    El problema, por lo tanto, no es sentir emociones intensas. La dificultad aparece cuando una emoción se vuelve tan intensa, persistente o difícil de manejar que comienza a interferir en nuestras decisiones, relaciones o actividades cotidianas.

    Aquí cobra especial importancia la regulación emocional.

    ¿Qué es la regulación emocional?

    La regulación emocional corresponde al conjunto de procesos que utilizamos para reconocer, comprender y modificar la manera en que experimentamos y expresamos nuestras emociones.

    Regular una emoción no significa eliminarla ni conseguir que desaparezca rápidamente. Tampoco significa estar tranquila o tranquilo todo el tiempo. Implica poder reconocer lo que estamos sintiendo, comprender qué está ocurriendo y encontrar una respuesta que sea adecuada para la situación.

    La investigación actual considera la regulación emocional un proceso relevante para la salud mental. Diversos estudios han encontrado dificultades en la regulación emocional en distintos problemas psicológicos, aunque con características y grados diferentes según cada condición. Por esta razón, actualmente se considera un proceso transdiagnóstico, es decir, relevante en distintas formas de malestar psicológico.

    Regular no significa reprimir

    A veces confundimos regulación emocional con controlar, esconder o evitar aquello que sentimos. Sin embargo, regular una emoción no significa hacer como si no existiera ni impedir necesariamente que los demás la perciban.

    La supresión emocional —es decir, intentar inhibir la expresión externa de una emoción— es una estrategia de regulación, pero sus efectos dependen del contexto. Investigaciones recientes muestran que utilizarla de manera habitual puede tener costos en los vínculos, por ejemplo, dificultando la sensación de cercanía y de respuesta emocional entre las personas.

    Por eso, actualmente resulta más adecuado hablar de flexibilidad emocional que de estrategias simplemente “buenas” o “malas”. Regular implica reconocer lo que sentimos y poder elegir cómo responder según la situación, en lugar de reaccionar automáticamente o intentar ocultar siempre la emoción. Incluso estudios experimentales recientes muestran que la supresión puede producir efectos distintos según el objetivo y el contexto, lo que refuerza esta mirada más flexible.

    No existe una única estrategia que funcione siempre

    Una de las ideas que ha adquirido mayor relevancia en la investigación sobre regulación emocional es la flexibilidad. No todas las estrategias funcionan de la misma manera para todas las personas ni en todas las situaciones.

    Por ejemplo, distraernos por un momento puede ser útil cuando una emoción es muy intensa y necesitamos recuperar estabilidad. En otra situación, en cambio, puede ser más conveniente detenernos a comprender lo que sentimos, reinterpretar lo ocurrido, buscar una solución o pedir apoyo. Lo importante no es utilizar siempre la misma estrategia, sino contar con diferentes recursos y poder elegir entre ellos según lo que está ocurriendo.

    La investigación reciente denomina a esta capacidad “flexibilidad en la regulación emocional”. Implica reconocer las características del contexto, seleccionar una estrategia apropiada y ser capaces de modificarla cuando deja de resultar útil. Una revisión sistemática publicada en 2024 destaca precisamente que esta flexibilidad puede ser relevante para el funcionamiento emocional, conductual y social, especialmente durante la adolescencia.

    Regular nuestras emociones, entonces, no consiste en aprender una fórmula que debemos aplicar siempre, sino en ampliar nuestro repertorio de respuestas y aprender a reconocer qué necesitamos en cada momento.

    ¿Qué ocurre cuando nos cuesta regular nuestras emociones?

    Las dificultades de regulación emocional pueden manifestarse de distintas maneras. Algunas personas sienten que sus emociones aparecen con mucha intensidad o que necesitan mucho tiempo para recuperar la calma. Otras pueden reaccionar impulsivamente, evitar situaciones que les generan malestar o quedarse durante horas pensando una y otra vez en aquello que ocurrió.

    También puede suceder lo contrario: tener dificultades para identificar lo que sentimos, desconectarnos de nuestra experiencia emocional o intentar contener permanentemente aquello que nos pasa.

    Ninguna de estas experiencias, por sí sola, significa que exista un trastorno psicológico. Sin embargo, cuando estos patrones se vuelven frecuentes y comienzan a interferir en las relaciones, el trabajo, los estudios o las actividades cotidianas, pueden convertirse en una fuente importante de malestar.

    Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Psychological Bulletin en 2026 encontró dificultades de regulación emocional en distintos trastornos psicológicos, aunque no todas las dificultades aparecen de la misma manera ni con la misma intensidad. Esto refuerza la idea de que la regulación emocional es un proceso relevante en diferentes formas de malestar psicológico.

    ¿Cómo se desarrolla la regulación emocional?

    La regulación emocional comienza a desarrollarse desde los primeros años de vida y continúa evolucionando a lo largo del desarrollo. Al comienzo, los niños todavía no cuentan con todos los recursos necesarios para manejar por sí solos emociones intensas, por lo que necesitan del acompañamiento de los adultos significativos.

    Cuando un adulto ayuda a un niño a reconocer lo que siente, poner palabras a su experiencia, ofrecer calma y acompañarlo mientras recupera estabilidad, está participando en un proceso de corregulación. Con el tiempo y a través de experiencias repetidas, parte de ese apoyo externo puede ir transformándose progresivamente en recursos que el niño aprende a utilizar por sí mismo.

    Esto significa que aprender a regular las emociones no depende solamente del temperamento o de características individuales. El contexto familiar, la forma en que los adultos expresan y manejan sus propias emociones y la manera en que responden frente al malestar del niño también forman parte de este aprendizaje.

    La evidencia reciente respalda esta relación. Un metaanálisis publicado en 2024, que reunió 49 estudios y más de 24.000 niños y adolescentes, encontró que distintos factores familiares se relacionan con el desarrollo de la regulación emocional y, a través de ella, con síntomas emocionales en niños y adolescentes. Entre estos factores se encuentran aspectos de la relación familiar, el apego, el control psicológico y la regulación emocional de los propios padres.

    Por eso, acompañar emocionalmente a un niño no consiste simplemente en decirle “cálmate”. Implica ayudarlo a comprender qué le está ocurriendo, ofrecer contención cuando todavía necesita apoyo externo y, progresivamente, enseñarle recursos que pueda utilizar de manera más autónoma.

    Además, una revisión reciente sobre corregulación entre padres e hijos encontró que las interacciones caracterizadas por flexibilidad, sincronía y respuesta mutua se relacionan con una mejor autorregulación infantil.

    Regulación emocional durante la adolescencia

    La adolescencia constituye una etapa especialmente relevante para el desarrollo de la regulación emocional. Durante estos años continúan madurando habilidades que permiten reconocer lo que sentimos, evaluar una situación y elegir cómo responder frente a ella. Al mismo tiempo, aumentan las demandas sociales, académicas y relacionales, por lo que los adolescentes deben enfrentarse a situaciones emocionales cada vez más complejas.

    Por esta razón, durante la adolescencia pueden observarse emociones intensas, cambios en la manera de afrontar el malestar y una búsqueda progresiva de mayor autonomía. Esto no significa que todo adolescente tenga dificultades para regular sus emociones, sino que se encuentra atravesando una etapa en la que estas capacidades continúan desarrollándose y ajustándose.

    La investigación reciente pone especial énfasis en la flexibilidad emocional durante esta etapa. Una revisión sistemática publicada en 2024 señala que no basta con conocer distintas estrategias de regulación: también es importante aprender a identificar cuál puede resultar más adecuada según el contexto y cambiarla cuando deja de ser útil.

    Además, aunque durante la adolescencia aumenta la autonomía, la familia continúa teniendo un papel relevante. El acompañamiento adulto puede favorecer que el adolescente aprenda a comprender sus emociones y desarrollar sus propios recursos, sin que esto implique resolver sus dificultades por él o ella. Un metaanálisis publicado en 2024 encontró relaciones entre distintos factores familiares, regulación emocional y síntomas emocionales en niños y adolescentes.

    Acompañar a un adolescente emocionalmente implica encontrar un equilibrio entre estar disponible cuando necesita apoyo y permitirle desarrollar progresivamente sus propias formas de afrontar lo que siente.

    ¿Podemos aprender a regular mejor nuestras emociones?

    Sí. La regulación emocional no es una capacidad completamente fija: comprende habilidades que pueden aprenderse, practicarse y fortalecerse a lo largo de la vida. Esto no significa que dejaremos de experimentar emociones difíciles, sino que podemos desarrollar más recursos para responder a ellas.

    Un metaanálisis reciente que reunió 40 intervenciones y 3.891 niños y jóvenes encontró que las intervenciones psicosociales producen mejoras en la regulación emocional, lo que respalda la idea de que estas habilidades pueden fortalecerse mediante intervenciones dirigidas.

    Algunas habilidades que pueden favorecer una mejor regulación emocional son:

    • Identificar y poner nombre a la emoción: reconocer si estamos sintiendo miedo, rabia, tristeza, frustración u otra emoción puede ayudarnos a comprender mejor nuestra experiencia.
    • Observar qué activó la emoción: identificar qué ocurrió, qué pensamos y qué necesitamos en ese momento.
    • Hacer una pausa antes de actuar: especialmente cuando la intensidad emocional puede llevarnos a reaccionar impulsivamente.
    • Revisar nuestra interpretación de la situación: en ocasiones, mirar lo ocurrido desde otra perspectiva puede modificar nuestra respuesta emocional. La reevaluación cognitiva ha mostrado una asociación positiva con recursos de resiliencia.
    • Buscar soluciones cuando el problema puede modificarse: regular una emoción también puede implicar actuar sobre aquello que la está generando.
    • Aceptar aquello que no podemos cambiar inmediatamente: algunas emociones necesitan ser atravesadas y no necesariamente eliminadas.
    • Buscar apoyo: conversar con alguien significativo o pedir ayuda profesional también puede formar parte de una respuesta regulatoria.

    Lo importante es recordar que ninguna de estas estrategias funciona de manera idéntica para todas las personas ni en todas las situaciones. Una revisión sistemática de intervenciones dirigidas específicamente a la regulación emocional encontró resultados favorables en distintas poblaciones, pero también una considerable diversidad entre los tratamientos y sus mecanismos. Por eso, más que encontrar una técnica “perfecta”, resulta útil ampliar nuestro repertorio de recursos y aprender cuándo utilizar cada uno.

    Regular mejor nuestras emociones no significa conseguir que desaparezcan rápidamente. Muchas veces significa aprender a permanecer con ellas, comprender qué nos están señalando y decidir conscientemente cómo queremos responder.

    Regular también implica aceptar

    Hay situaciones en las que podemos actuar sobre aquello que está generando nuestro malestar y otras en las que no podemos modificar inmediatamente lo que está ocurriendo. En esos momentos, regular una emoción también puede significar reconocer su presencia y permitirnos experimentarla sin luchar constantemente contra ella.

    Aceptar una emoción no significa resignarse, estar de acuerdo con lo ocurrido ni quedarse pasivamente frente a una situación difícil. Significa reconocer: “esto es lo que estoy sintiendo en este momento”, sin exigirnos que la emoción desaparezca de inmediato. Desde ahí podemos decidir con mayor claridad cómo queremos responder.

    La aceptación forma parte de distintas aproximaciones contemporáneas a la regulación emocional. La investigación reciente muestra que estrategias como la aceptación y la reevaluación se relacionan de manera diferente con el bienestar según la emoción y el contexto, reforzando nuevamente la importancia de una regulación flexible en lugar de depender siempre de una única estrategia.

    Prácticas basadas en mindfulness también pueden favorecer esta capacidad de observar la experiencia emocional sin responder automáticamente ante ella. Una revisión sistemática y metaanálisis que reunió 110 estudios y más de 8.000 participantes encontró un efecto favorable, aunque de magnitud modesta, de estrategias basadas en mindfulness sobre distintos procesos relacionados con la regulación emocional.

    En ocasiones, regular significa cambiar aquello que podemos cambiar. En otras, significa aprender a atravesar una emoción difícil sin que ella determine por completo lo que hacemos.

    ¿Cuándo puede ser útil buscar apoyo psicológico?

    A todas las personas puede costarnos regular nuestras emociones en determinados momentos. Atravesar una situación difícil, enfrentar cambios importantes o vivir períodos de mayor estrés puede hacer que nuestras respuestas emocionales sean más intensas de lo habitual.

    Sin embargo, puede ser útil buscar apoyo psicológico cuando sentimos que determinadas emociones nos sobrepasan con frecuencia, necesitamos demasiado tiempo para recuperar la calma, reaccionamos de maneras que posteriormente lamentamos o comenzamos a evitar situaciones importantes por temor al malestar que puedan generarnos.

    También puede ser recomendable consultar cuando lo que estamos sintiendo empieza a interferir de manera persistente en nuestras relaciones, estudios, trabajo, descanso o actividades cotidianas.

    La investigación actual muestra que las dificultades de regulación emocional están presentes, con características y grados diferentes, en múltiples formas de malestar psicológico. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en Psychological Bulletin en 2026 respalda precisamente su relevancia como un proceso transdiagnóstico.

    La psicoterapia puede ofrecer un espacio para comprender cómo nos relacionamos con nuestras emociones, reconocer patrones que se han vuelto poco útiles y desarrollar nuevas formas de responder frente a aquello que nos ocurre. Además, la evidencia disponible muestra que distintas intervenciones psicológicas pueden producir cambios en procesos de regulación emocional, aunque los resultados dependen del tipo de intervención, las características de cada persona y el problema abordado.

    Pedir apoyo no significa que debamos esperar hasta sentirnos completamente sobrepasados. También podemos acudir a terapia para comprendernos mejor, fortalecer nuestros recursos emocionales y aprender nuevas maneras de afrontar aquello que estamos viviendo.

    Para finalizar

    Las emociones no son un problema que debamos eliminar. Son parte de nuestra experiencia y cumplen una función importante en la manera en que comprendemos lo que nos ocurre y nos relacionamos con nuestro entorno.

    Aprender a regularlas implica poder reconocerlas, comprenderlas y desarrollar distintas maneras de responder a ellas. Algunas veces necesitaremos modificar una situación; otras, aceptar aquello que no podemos cambiar; y en determinados momentos, pedir apoyo.

    Regular nuestras emociones no significa dejar de sentir intensamente. Significa desarrollar recursos para atravesar aquello que sentimos sin quedar atrapados en ello.

    Escrito por Zaida Ramírez Moreno, Psicóloga.

    Referencias

    Clamor, A., Lincoln, T. M., & Schulze, L. (2026). Emotion regulation in mental disorders: A systematic review and multilevel meta-analysis of transdiagnostic and disorder-specific impairments. Psychological Bulletin, 152(2), 157–200. https://doi.org/10.1037/bul0000512

    Espenes, K., Tørmoen, A. J., Rognstad, K., Nilsen, K. H., Waaler, P. M., Wentzel-Larsen, T., & Kjøbli, J. (2025). Effect of psychosocial interventions on children and youth emotion regulation: A meta-analysis. Administration and Policy in Mental Health and Mental Health Services Research, 52, 833–852. https://doi.org/10.1007/s10488-024-01373-3

    Haag, A.-C., Bagrodia, R., & Bonanno, G. A. (2024). Emotion regulation flexibility in adolescents: A systematic review from conceptualization to methodology. Clinical Child and Family Psychology Review, 27, 697–713. https://doi.org/10.1007/s10567-024-00483-6

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    Raugh, I. M., Berglund, A. M., & Strauss, G. P. (2025). Implementation of mindfulness-based emotion regulation strategies: A systematic review and meta-analysis. Affective Science, 6(1), 171–200. https://doi.org/10.1007/s42761-024-00281-x

    Saccaro, L. F., et al. (2024). Interventions targeting emotion regulation: A systematic umbrella review. Journal of Psychiatric Research, 174, 263–274.





  • ¿Cuándo es un buen momento para comenzar terapia?

    ¿Cuándo es un buen momento para comenzar terapia?

    No siempre es fácil reconocer cuándo necesitamos apoyo psicológico. Muchas veces intentamos resolver por nuestra cuenta aquello que nos preocupa, nos sobrepasa o se repite, hasta que comenzamos a sentir que necesitamos comprender mejor lo que estamos viviendo.

    Señales de que podrías beneficiarte de un espacio terapéutico

    Puede ser un buen momento para iniciar terapia cuando ciertas preocupaciones, emociones o situaciones comienzan a ocupar demasiado espacio en tu día a día, se repiten con frecuencia o sientes que necesitas una mirada distinta para comprenderlas y afrontarlas.

    No necesitas estar en crisis para pedir ayuda

    La terapia también puede ser un espacio para conocerte mejor, comprender patrones que se repiten, fortalecer tus recursos personales y tomar decisiones con mayor claridad. Pedir apoyo no significa que algo esté necesariamente mal; también puede ser una forma de cuidarte y generar cambios antes de sentirte sobrepasado.

    ¿Qué puedes esperar de un proceso terapéutico?

    La terapia es un proceso que se construye de manera gradual. A través de la conversación, la reflexión y el trabajo conjunto, podrás comprender mejor lo que estás viviendo, reconocer tus propios recursos y desarrollar nuevas formas de afrontar aquello que hoy te genera malestar.

    Dar el primer paso

    Si sientes que este puede ser un buen momento para comenzar un proceso terapéutico, puedes contactarme para resolver tus dudas y conversar sobre la posibilidad de iniciar una atención psicológica.