Categoría: Reflexiones

  • La naturaleza como refugio emocional

    La naturaleza como refugio emocional

    Hace poco conocí un concepto que hasta entonces no había escuchado: ecopsicología.

    El término era nuevo para mí, pero la experiencia que intenta describir, no.

    Desde hace mucho tiempo he sentido que ciertos espacios naturales producen cambios profundos en la forma en que nos sentimos, pensamos y habitamos el cuerpo. El mar, los árboles, el sonido del agua, el viento, los paisajes amplios o simplemente la posibilidad de detenerse en un entorno distinto al cotidiano pueden generar algo difícil de explicar, pero muy fácil de reconocer cuando ocurre.

    A veces basta con alejarse un poco de la ciudad para notarlo.

    Durante una salida, mientras dejábamos atrás la ciudad y nos adentrábamos en el campo, fueron apareciendo cerros verdes, árboles enormes, nubes, distintos tonos de vegetación y contrastes de luz.

    Era imposible no mirar.

    Frente a un paisaje así puede aparecer una mezcla particular de calma y asombro. Una sensación casi infantil de querer observarlo todo, detenerse en cada detalle e incluso acercarse físicamente a aquello que se está viendo.

    “Pero mira qué lindo”.

    Una frase sencilla que probablemente muchos hemos dicho alguna vez frente a un paisaje que nos sorprende.

    Y mientras cambia el entorno, muchas veces algo también comienza a cambiar internamente.

    La respiración puede hacerse más lenta.

    La atención deja de estar puesta exclusivamente en los pendientes.

    El cuerpo disminuye un poco su estado de alerta.

    Aparece mayor tranquilidad y, en ocasiones, también una actitud más reflexiva.

    Es ahí donde la idea de ecopsicología comenzó a resultarme especialmente interesante.

    No porque recién descubriera la importancia de la naturaleza, sino porque encontré un concepto que permite mirar con mayor conciencia una experiencia que muchas personas hemos tenido intuitivamente durante años: la sensación de que determinados entornos naturales pueden ayudarnos a regularnos emocionalmente y a reconectar con nosotros mismos.

    Volver a prestar atención

    Gran parte de nuestra vida cotidiana transcurre entre estímulos.

    Mensajes.

    Horarios.

    Responsabilidades.

    Pantallas.

    Conversaciones.

    Preocupaciones.

    Vamos pasando rápidamente de una actividad a otra y muchas veces nuestra atención permanece dirigida hacia afuera.

    En ese contexto, detenerse puede resultar incluso extraño.

    Sin embargo, cuando entramos en un espacio natural y comenzamos realmente a observarlo, la atención cambia.

    Aparecen cosas pequeñas que habitualmente pasan desapercibidas.

    El movimiento de una rama.

    La temperatura del aire.

    Un pájaro a lo lejos.

    El sonido de las hojas.

    La luz atravesando los árboles.

    La textura de aquello que pisamos.

    Y mientras la atención se posa sobre el entorno, puede comenzar también una observación más interna.

    No necesariamente porque estemos intentando reflexionar.

    A veces ocurre simplemente porque disminuye el ruido.

    Cuando alguien nos invita a mirar distinto

    Hace poco estuve en un bosque acompañada de una persona que varias veces me invitó simplemente a escuchar.

    No había una gran explicación detrás.

    Era algo tan sencillo como detenerse y prestar atención.

    Escuchar los pájaros.

    El viento entre las ramas.

    Las hojas.

    Esos sonidos pequeños que siempre están presentes, pero que muchas veces dejamos de percibir porque nuestra mente está ocupada en otras cosas.

    Durante ese recorrido también fui conociendo detalles que probablemente habría pasado por alto.

    Hongos.

    Árboles.

    ¡Y, finalmente, los famosos líquenes!

    ¿Quién iba a pensar que terminaría conociéndolos en medio de un bosque?

    Fue ahí donde me explicaron qué eran, cómo se formaban y la función que cumplen dentro del ecosistema.

    Los líquenes se forman a partir de una relación muy estrecha entre distintos organismos: una asociación simbiótica en la que existe cooperación y cada parte aporta algo a esa vida compartida.

    La imagen me pareció especialmente bonita.

    Porque también existen encuentros humanos que pueden funcionar de una manera parecida.

    No porque una persona venga a transformar completamente a otra, ni porque sea necesario compartir las mismas formas de ver el mundo.

    A veces basta con que alguien aporte una mirada distinta.

    Una observación.

    Una invitación a detenerse.

    Una forma nueva de prestar atención.

    Y la otra persona también aporta su manera de sentir, interpretar y habitar esa experiencia.

    Dos formas distintas de mirar un mismo paisaje pueden encontrarse durante un momento y enriquecerse mutuamente.

    Quizás ahí también exista una pequeña forma de cooperación.

    La naturaleza no resuelve, pero acompaña

    La naturaleza no elimina los problemas.

    No modifica nuestras responsabilidades ni hace desaparecer aquello que tendremos que enfrentar cuando volvamos a casa.

    Pero puede ofrecernos ciertas condiciones.

    Silencio.

    Espacio.

    Belleza.

    Ritmo.

    Pausa.

    Y nosotros también tenemos que aportar algo: nuestra atención.

    Porque podemos estar frente al paisaje más hermoso y no verlo realmente.

    Podemos caminar por un bosque pensando en el teléfono.

    Podemos tener el mar delante y seguir atrapados en lo que ocurrió ayer o preocupados por lo que tendremos que hacer mañana.

    Quizás la conexión comienza cuando dejamos de estar simplemente en un lugar y empezamos realmente a habitarlo.

    Cuando miramos.

    Cuando escuchamos.

    Cuando sentimos.

    Cuando estamos presentes.

    Naturaleza y regulación emocional

    Desde la psicología hablamos habitualmente de regulación emocional.

    De reconocer nuestras emociones, comprenderlas y desarrollar recursos que nos permitan recuperar cierto equilibrio cuando nos sentimos sobrepasados.

    Y quizás dentro de esos recursos existen algunos que hemos utilizado durante mucho tiempo sin ponerles necesariamente un nombre.

    Salir a caminar.

    Sentarse frente al mar.

    Cuidar plantas.

    Escuchar el agua.

    Buscar sombra bajo un árbol.

    Observar un paisaje.

    Respirar aire fresco.

    No siempre necesitamos convertir esas experiencias en una técnica terapéutica.

    Tampoco es necesario analizar cada sensación.

    Muchas veces lo valioso puede estar precisamente en permitir que la experiencia ocurra.

    Hay espacios donde nuestro cuerpo permanece constantemente alerta.

    Y existen otros donde parece recibir un mensaje distinto:

    Aquí puedes descansar.

    Para algunas personas ese lugar puede ser el mar.

    Para otras, un bosque.

    Una plaza.

    Una montaña.

    Un jardín.

    Una caminata por el campo.

    Incluso una planta que se cuida diariamente dentro de casa.

    La relación con la naturaleza puede tomar muchas formas.

    Ponerle nombre a algo que ya conocíamos

    Quizás eso fue lo que más me llamó la atención al conocer el concepto de ecopsicología.

    No sentí que estuviera descubriendo una experiencia completamente nueva.

    Más bien sentí que estaba encontrando una forma de nombrar algo que ya conocía.

    La posibilidad de que nuestro bienestar emocional también esté relacionado con los espacios que habitamos.

    Que regularnos no dependa únicamente de nuestros pensamientos o de lo que podemos expresar con palabras.

    También intervienen nuestros sentidos.

    Lo que miramos.

    Lo que escuchamos.

    La forma en que respiramos.

    La sensación del aire.

    El contacto con determinados lugares.

    Y tal vez, en una vida que constantemente nos empuja hacia afuera, volver a la naturaleza puede ofrecernos algo muy sencillo y, al mismo tiempo, muy valioso:

    La posibilidad de volver hacia adentro.

    De respirar un poco más lento.

    De disminuir el estado de alerta.

    De hacer menos ruido mental.

    De recuperar el asombro.

    Y de recordar que, a veces, reconectar con nosotros mismos también puede comenzar simplemente mirando un árbol, escuchando el agua o dejándonos sorprender por un paisaje.